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Observatorio De Equidad De Género E Igualdad De Oportunidades
30/04/2026

1° de Mayo: día de la trabajadora y el trabajador

Cada 1° de mayo no es una efeméride inocente: es una fecha atravesada por conflicto, memoria y disputa. No nació del consenso, sino de la lucha. Es el recordatorio incómodo de que los derechos laborales no fueron concedidos: fueron obtenidos a través de disputas. Cada avance, la jornada limitada, el salario digno, la protección social, está escrito con la insistencia de quienes se negaron a aceptar que la desigualdad fuera el precio inevitable del trabajo. Y, no obstante, esa historia no está cerrada: late en el presente, se reactualiza en cada conflicto, en cada negociación, en cada intento de retroceso disfrazado de modernización.

Detrás de cada derecho hay una escena que no siempre se nombra: cuerpos organizados, voces que se alzan, riesgos asumidos. Hay huelgas, hay persecuciones, hay costos personales y colectivos. Recordar esto no es un gesto nostálgico, es una forma de comprender que lo que hoy parece dado, puede desaparecer si se desactiva la fuerza social que lo sostiene. Porque los derechos laborales no son estructuras naturales: son construcciones políticas, y como tales, siempre están en disputa.

Hablar del día de la trabajadora y del trabajador es hablar de poder. De quién lo tiene, de cómo se distribuye y de quién queda sistemáticamente afuera. Porque el trabajo no es solo una actividad económica: es el terreno donde se define quién vive con dignidad y quién sobrevive como puede. Es el espacio donde se negocia, muchas veces de forma desigual, el valor del tiempo, del cuerpo y de la vida.

Cuando el trabajo se precariza, cuando se flexibiliza sin límites, cuando se fragmenta hasta diluir cualquier forma de organización colectiva, lo que está en juego no es solo el ingreso o la estabilidad. Se debilita la capacidad de reclamar, de negociar, de resistir. Se rompe el lazo que convierte a trabajadores y trabajadoras en sujetos de derecho para transformarlos en piezas intercambiables. Y en ese proceso, la democracia también pierde densidad: se vuelve más formal que real, más declarativa que efectiva.

No hay neutralidad en el mundo del trabajo. Las desigualdades no son accidentes: son el resultado de decisiones políticas concretas. Decidir no regular es también una forma de intervenir. Decidir qué se protege y qué se deja librado al mercado define quiénes cargan con el costo de sostener la vida cotidiana. Y en ese reparto desigual, las mujeres, las diversidades y los sectores más vulnerados siguen ocupando los márgenes, sosteniendo mucho más de lo que se reconoce y recibiendo mucho menos de lo que corresponde.

El trabajo de cuidado es un ejemplo elocuente de esta injusticia estructural: imprescindible para la reproducción de la vida, pero sistemáticamente invisibilizado o mal remunerado. Es como si una parte fundamental del edificio social se sostuviera sobre columnas que todos usan, pero que nadie quiere reconocer ni fortalecer. Esa omisión no es casual: es funcional a un orden que necesita que ciertos trabajos permanezcan desvalorizados para sostener su lógica.

El 1° de mayo, entonces, no es solo un homenaje: es una advertencia. Nos recuerda que los derechos pueden retroceder, que las conquistas pueden desarmarse y que la historia no avanza en línea recta. Es un llamado a no naturalizar la precariedad, a no aceptar como inevitable lo que es producto de relaciones de fuerza. A desconfiar de los discursos que presentan la pérdida de derechos como un sacrificio necesario o como el único camino posible.

Conmemorar esta fecha es tomar posición. Es preguntarse de qué lado estamos cuando se discuten las condiciones de trabajo, cuando se debaten reformas laborales, cuando se redefine quién asume los riesgos y quién acumula los beneficios. Es asumir que no hay observadores neutrales en esta discusión: incluso el silencio tiene efectos.

Porque el trabajo no es solo una forma de ganarse la vida: es el campo donde se disputa qué vidas merecen ser vividas con dignidad, cuáles son protegidas y cuáles quedan expuestas. Es, en definitiva, una de las arenas centrales donde se juega el tipo de sociedad que queremos ser.

Y esa disputa, lejos de haberse saldado, sigue abierta, tensa, urgente. Y nos convoca.

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